Memorias de un gusano, novela de Jesús Tíscar Jandra

(Impresiones de un lector, en cinco trancos).

Uno

Le he leído varias veces a Jesús Tíscar que no entiende de poesía, que la poesía es terreno acotado para él, sin embargo, yo no lo creo así y, con respeto, le contradigo. Jesús Tíscar pertenece a esa clase privilegiada de escritores que tienen el don de la palabra viva e insertan sobre la marcha pequeñas dosis de poesía verbal (el cómo se dice) y de la otra, más importante, la poesía de los contenidos (lo que se dice) en sus textos. Leerle es una delicia, a pesar de su gusto por los asuntos crueles y las palabras duras. Tiene el tipo de ocurrencias que hacen sabroso un texto: Avelino, el protagonista de Memorias de un gusano, consigue su primer trabajo (conserje en una gestoría) gracias a que el anterior empleado “acababa de morir a causa de las picaduras de un enjambre de avispas, mientras recogía caracoles con su padre en el campo”; o esos detalles introspectivos que lo hacen amable, como en la escena “Yo no me puedo morir amando”, donde nos explica como matar un sentimiento, sin conseguirlo: “pensar en el ser amado y buscar a tientas la glándula que contiene el suero gris y ácido del odio. Una vez hallada se agarra la glándula y se exprime con fuerza, se vacía y se deja que maceren en la sustancia corrosiva los brotes de amor que atormentan el alma.” O esos pequeños detalles que a algunos les basta para autodenominarse y vivir de poetas: “Cuando yo llegaba tenía mi plato dispuesto y helado sobre el hule florido de la mesa, el cubierto, un cacho de pan y un vaso de agua con burbujitas de espera”. Así, consigue, Tíscar, que ese mundo mezquino, cruel y grotesco se impregne de belleza y ternura. Quizá, la violencia del tema sea una máscara que el autor se pone para no sentirse vulnerable ante sus lectores, en un mundo de lectores ávidos de sensaciones fuertes.

Jesús Tíscar se empeña en mostrarnos la parte repugnante de la vida, esa que a nadie le gusta ni quiere ver. Este es su desafío, mostrarla, pensando que quizá a todos nos gusta en el fondo verla, por morbo, o porque con ese fondo de fealdad resalta con más fuerza la belleza. Ya se sabe, la estética del realismo sucio, del feísmo, etc. No me interesan las etiquetas que acaban por catalogar y meter la vida en los museos. Así, que no seguiré por ahí. Mi acercamiento al texto de Tíscar no es de profesional, sino de lector. Cierto que la realidad no es solo sucia, fea, grotesca y cruel, pero estos elementos forman parte de ella. Cada uno escoge hacia donde mirar, de manera más o menos consciente y libre (aunque este es tema demasiado espeso para tratar aquí ahora).

Dos

La cuestión que me interesa es: ¿por qué gastarse 10 euros en comprar las memorias de un gusano, por qué leer la vida de un deforme sadomasoquista, maltratado y maltratador, coprófago y suicida? No es tema que halague la autoestima, ni los sentidos, desde luego, y mucho menos los sentimientos positivos a los que nos vemos obligados por el mercado de libros de autoyuda, mensajes publicitarios y demás, en fin, nuestra actual cultura ortopédica, digo, ortodoxa, que intenta hacernos creer que la vida es guay, cuando todos sabemos que precisamente guay no es la mejor manera de definirla.

De acuerdo que lo heterodoxo también vende, sobre todo si solo llega a calcetín vuelto de lo ortodoxo, o sea, un cuento más que intenta hacernos creer que la vida es excitante, o sea guay cuando la vivimos a la contra. Entonces, ¿por qué amargarnos la vida leyendo un libro en que se nos muestra esa parte fea, si no es por ir a la contra, y ser guay? Yo, que no soy un moralista pero tampoco un crítico literario (Dios me libre), pero que estoy casi haciendo ahora la crítica de un libro, encuentro una sola y suficiente razón: porque está muy bien escrito. Que sea buena literatura es motivo suficiente para leer un libro, para mí la única, independientemente de si es feo o bonito el tema de que trate o la manera de tratarlo. Cuestión esta que cuesta entender a los que no han leído ni escrito lo suficiente, y por eso desprecian a los profesionales, error de época que dice: hombre, hoy todo el mundo sabe montar una mesa, una estantería sin necesidad de ser carpintero… la bricoliteratura que nos invade.

Tres

Hay, no obstante, otra razón de no menor peso, aunque a veces es cuestión de esos gustos de los no hay nada escrito: a pesar de la crueldad y la fealdad de fondo y, como contraste, hace ver con más claridad la belleza de vivir a las buenas y normales gentes, con los sentidos aletargados con tanta cultura y contracultura, tanto ismo y moda como hay en el mercado. Aunque, no sé si esa gente estará dispuesta a comprar un libro como el que comentamos, a no ser por esnobismo (ismo).

Tíscar se atreve a reunir en Avelino algunas de las “anormalidades” tabú de nuestra época, que ahora mismito se nombran con tecnicismos eufemísticos, quizá para sentirnos menos culpables por seguir sintiéndolas como anormalidades. Nos habla de un mundo donde todavía se paga en pesetas (el monstruo nació en el viejo régimen y, parece decirnos el autor, que es un producto suyo), en un mundo donde todavía no hay minusválidos sino seres defectuosos, tullidos, anormales… Hoy ya no. La normalidad los ha integrado por la vía del lenguaje prohibiendo las palabras “ofensivas” y llevando a la calle, a través de los medios, su lenguaje administrativo, creando eufemismos a partir de innecesarios barbarismos y haciendo campañas publicitarias de erradicación de las lacras sociales, incluso.

Cuatro

Los personajes, y el ambiente de Memorias de un gusano, pueden parecer títeres de cachiporra: unos se golpean a otros sin piedad ni sentimiento alguno, de manera mecánica, como parte obligada del teatro de guiñol que es su vida. En ellos no hay ni crueldad, ni sufrimiento. Sin embargo, en los personajes de Memorias de un gusano sí hay sufrimientos, aunque la crueldad sea lo normal en ellos. Quizá la crueldad sea la manera de defenderse de su sufrimiento (en esto sí son humanos).

Por eso, no son caricaturas, ni marionetas, ni títeres, ni muñecos sino fantoches esperpénticos, seres de carne y hueso que actúan como seres mecánicos, seres que no saben estar a la altura de lo que les ha tocado vivir. Avelino (también los demás personajes) es víctima y verdugo y goza de ese juego como si se tratara de un destino, llamando amor al sexo que realiza como una compulsión biológica y mezclándolo con toda otra clase de sentimientos. Su suicidio mismo es una parte más, ni siquiera la más importante, de esa cadena de causas y efectos ineludibles. No hay tragedia, ni ofuscación, ni lucidez en su suicidio, que no es ni siquiera causa de su insatisfacción, sino una manera de enmendar el error de haber nacido.

No obstante, debido a su extremosidad es muy fácil distanciarse, no reconocerse en él. El personaje es como para no identificarse, no porque sea una excrescencia física sino porque es un maltratador que encima se justifica: el mundo me hizo así.

Cinco

En fin, que no es nada cristiana la actitud de Avelino: devuelvo al mundo lo que este me ha dado, yo soy más cruel y depravado que nadie, porque la culpa no es mía sino del mundo. Y ya se sabe que el Mundo es el nuevo Dios después de que Nietzsche proclamara que Dios ha muerto. El mundo, o sea, la normalización social del Primer Mundo (prima causa, primer motor) es tan absoluta que borra todas las diferencias, y sin diferencias no hay individualidades. El individuo es el monstruo. Le pasa al pobre Avelino, pero le pasa al que contraviene las normas sociales, el que no acepta la disciplina de partido y se atreve a tener ideas propias, el que es como es y eso le basta: un individuo entero, irrepetible, sin remordimientos, un anormal, fuera de toda norma.

La inquietud nos llega cuando empezamos a sospechar que el gusano jorobado, sadomasoquista y coprófago Avelino, puede ser cualquiera de nosotros, uno mismo, aunque nunca vayamos a comer mierda, a dejarnos dar por placer una paliza o a dársela a una menor y, después, violarla, que eso está muy feo y además está muy bien que sea delito, y creo que no hay que complacerse en este tipo de lecturas, sobre todo cuando en el inconsciente está el gusto reprimido.

Puede que resulte repulsivo, o quizá no porque ya no nos repugna nada. En nuestro consumo sin límites ya lo hemos probado imaginativamente todo, pero si uno acaba escandalizado es porque el monstruo Avelino lo hemos creado entre todos y una vez creado, y habiéndonos aprovechado de él como chivo expiatorio, preferimos abandonarlo a su suerte y mirar para otro lado. Es preciso que entremos en esas oscuridades para ver que el monstruo también es humano, demasiado humano. “Homo sum; humani nihil a me alienum puto”, Terencio dixit.

 

Como digo, Jesús Tíscar construye, teje, su texto con conceptos, imágenes extremos (a veces tanto que uno se pregunta si realmente son necesarios para lograr lo que pretende o hay complacencia en ello) sobre un fondo de fealdad, crueldad, deformidad, desviación… para declarar que eso también es humano y que el verlo resalta la belleza y el amor a la vida.

A pesar del asco uno comprueba que Avelino, el monstruo, no es un resentido sino un enamorado de la vida, alguien a quien le gusta gozar como a todo quisque; alguien al que se le ha negado el gozo recto, sano (que no es lo mismo que normal), no por su deformidad física, precisamente, sino por habérsele inducido o condicionado al desprecio de sí mismo (la tata Pura en su niñez y, luego, uno a uno esos seres normales con los que va encontrándose). O así quiero yo entenderlo.

 

Hay en el libro una visión pesimista, claro. Ni un solo personaje valiente y comprensivo. Ni siquiera el único amigo, que le dura unos meses, es incapaz de defenderlo, incapaz de afrontar su propia vida. Pero aunque los finales felices sean buenos (crean sentimientos positivos, dicen) dudo mucho que sean instructivos para los que ven cine y leen libros. A menudo se nos olvida que la literatura no es la vida, que la palabra no es la cosa.

 

Luis Lucena Canales

 

Más información, y compra del libro, en la web del autor: Jesús Tíscar Jandra.

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